Una Nueva Estética

Una Nueva Estética

Para Platón, la teología de lo Bello juega un papel fundamental: el asombro de cara a lo Bello despierta en el hombre el recuerdo de su origen divino y, poco a poco, le ayuda a retomar de nuevo su navegación hacia Dios. La Iglesia primitiva, proclamando la encarnación de Dios, revela que la Belleza ha revestido una carne mortal:

El Verbo era la Luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo... Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Pero la contemplación de la belleza del rostro de Cristo despierta en el hombre su verdadera naturaleza: por el bautismo, los cristianos se vuelven hombres nuevos y manifiestan al mundo el amor verdadero: el amor al enemigo, el amor hasta dar su vida por el otro. He ahí el porqué de una unión estrecha entre belleza y evangelización: la belleza del rostro de Cristo se traduce en la belleza de la comunidad cristiana, cuerpo de Cristo vivo en la historia. Es la comunidad quien revela la belleza de la naturaleza de Dios en la comunión y en el perdón. Jesús dice: “Quien me ha visto, ha visto al Padre”. Así pues, quien ve la comunidad cristiana –donde se da el amor al enemigo– ve un icono de Cristo.

A lo largo de la historia, la Iglesia ha percibido siempre esta unión entre belleza y evangelización, y la Iglesia ha sido la más grande mandataria de la belleza. Todo refleja la belleza de Cristo, la belleza de la comunidad y de la comunión fraterna. En justicia, la
evangelización de los pueblos eslavos llegó en gran parte a través de la belleza de la liturgia, de los iconos y de los cantos.

El seminario “Redemptoris Mater” de Aviñón se inscribe en este deseo de poner la belleza al servicio de las personas. A través de esta estética, el seminarista se siente amado por Dios, y esto es fundamental para que pueda, él también, amar en la misión que le espera.